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Contra lo que la creencia general indica, las
computadoras son unas máquinas monstruosamente tontas. La mitología
creada por los medios de comunicación se ha encargado de dotarlas de
cualidades que no poseen, como la inteligencia.
Ahora resulta que el cerebro es similar a una poderosa computadora, cuando
en realidad la computadora más sofisticada es una gris caricatura de la
inteligencia humana.
A lo largo de la historia el ser humano ha sido equiparado con los
productos más acabados de la tecnología. De acuerdo con las ideas del
siglo XVII, el hombre era un asombroso mecanismo de relojería. Incluso
Blaise Pascal, uno de los más grandes pensadores de su tiempo, afirmó
que sólo era cuestión de localizar la ubicación exacta del alma dentro
de ese engranaje; en estos tiempos, en que reina la máquina de Turing,
hemos devenido en computadoras. Ya quisieran estos armatostes tener
siquiera un mínimo asomo de inteligencia. Su éxito reside en el uso de
la fuerza bruta. Es cierto que son capaces de calcular a velocidades
pasmosas, pero fuera de eso su tontería no tiene límites.
Mientras que el proceso de la computadora es lineal, el cerebro humano
opera de manera aleatoria. Cuando Deep Blue, la máquina de ajedrez diseñada
por IBM, venció a Garry Kasparov, el acontecimiento fue anunciado como el
inicio de la supremacía de las máquinas. De ahí a la visión apocalíptica
de Skynet o a la computadora malvada de Terminator II, sólo habría un
corto espacio de tiempo.
La capacidad de analizar el lenguaje hablado y ofrecer una respuesta lógica
es quizá el aspecto ante el que podríamos concederles a las máquinas
algo de inteligencia. La tecnología de reconocimiento del habla ha
evolucionado desde los tiempos de ELIZA, un programa creado a principios
de 1965 por Joseph Weizenbaum, profesor de informática del legendario
MIT, con la intensión de que la máquina adoptara el papel de un
siquiatra que se niega a dirigir la conversación con el paciente y deja
que sea éste quien marque el derrotero de la consulta. Desde entonces, el
reconocimiento de voz ha evolucionado de tal manera que ahora es posible
dictar nuestras ideas a la máquina para que ésta las transfiera al
procesador de texto con un 95 % de precisión.
También es posible navegar por la máquina emitiendo comandos hablados
pero, a pesar de lo sorprendente que pudiera parecer, esto se lleva a cabo
mediante un procedimiento lineal que no se parece, ni de lejos, a la
inteligencia. Por otro lado, el habla humana no sólo está constituida
por reglas gramaticales o de pronunciación, sino que cada persona le añade
sus propios matices e inflexiones, de manera que el español de Veracruz
no es el mismo que se habla en Sonora o Chiapas, porque cada grupo posee
un acento específico. De ahí resulta que cada usuario debe educar a su
programa de dictado y entrenarlo con paciencia para que reconozca el
dialecto que habla.
Cuando se inició a utilizar un programa de dictado, se pensaba que era
cuestión de ponerse a hablar para que aparecieran los artículos en el
procesador de textos sin necesidad de meter las manos, pero las
expectativas no se cumplieron. La mayor parte de las veces alguien podría
decir que una palabra y el procesador escribía otra muy diferente, de
modo que el texto final venía a ser un mazacote ininteligible, un
compendio de tonterías y absurdos. Luego se supo, que al pedirle al
programa que repitiera los dictados, que la pronunciación no es tan
castiza como se pensaba, sino que se habla un especie de dialecto
jarocho-chilango, al tratarse de una personas con orígenes de Veracruz y
del D.F., que ponía de cabeza al famoso programa de reconocimiento de
voz.
El reconocimiento del habla es uno de los adelantos tecnológicos
empleados en el proyecto Echelon, con el que varios países se han dado a
la tarea de espiarnos. Menudo problema en el que se metieron, porque no
creo que sus computadoras, por mucha tecnología de vanguardia y lo demás
con que hayan sido equipadas, puedan reconocer los centenares de acentos
de un idioma específico. Si a esto le añadimos que se hablan más de 6
mil lenguas en el mundo, la tarea no es sencilla, y los espías deben
estar sufriendo en serio para localizar información relevante entre los
millones de mensajes electrónicos que se cruzan a diario por el
ciberespacio, la mayor parte de ellos llenos de cháchara insustancial,
cadenas milagrosas, chistes leídos hasta el cansancio y cosas así por el
estilo.
Otro problema con el que estarán topándose para espiarnos son los
modismos y el caló particulares de cada región. Ya me imagino a las
computadoras del Echelon tratando de descifrar mensajes como: ¿qué onda,
mi cuácharas? ¿on tablas que no te viguetas? ¡Yo creía que ya
muebles!. O de plano, ¿qué harán si a los terroristas se les ocurre
hablar en el idioma de la f? Cualquiera de nosotros podría entender un
pedido de pizzas como sigue: ufunafa grafandefe cofon safalafamifi yfy
dofos cofocafas, pero me imagino a los pobres algoritmos de reconocimiento
de voz tratando de descifrar este galimatías.
Las personas comprendemos las imperfecciones de pronunciación, y damos
por hecho que al decir ire, me trai un arroj con pejcao el mesero entenderá
que en realidad decimos “mire, me trae un arroz con pescado”, en el más
puro afro-jarocho. Es cierto que las computadoras del Echelon pueden ser
entrenadas para reconocer cuanto dialecto hay en el mundo, pero siempre
será un desperdicio lamentable de tiempo, y una tontería.
Mientras, las pobres se quedarán con sus foquitos destellando,
desconcertadas, tratando de adivinar el sentido de las conversaciones. No
obstante, hay terrenos en los cuales los humanos no podemos siquiera
intentar compararnos con las computadoras. Las tareas que requieren
grandes cálculos, como por ejemplo la búsqueda del genoma humano, sólo
han sido posibles gracias al avance tecnológico. La fuerza bruta es su
carta de triunfo.
Quizá hablo por envidia; ahora que veo a unos fortachones salir del
gimnasio, sé que nunca seré un atleta como ellos, pero me consuela saber
que soy más inteligente de uno de ellos, cuando menos. De cualquier
manera, la próxima vez que alguien trate de sorprenderte con el viejo
cuento de la inteligencia de las computadoras, piensa que, las pobres, sólo
son un ábaco con motor turbo, sublimadas por la leyenda.
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